lunes, 24 de febrero de 2014

Seguimos queriendo / No volveran

Eso es lo que decía esta tarde después de pasar horas, muchas horas frente a una pantalla, explorando, haciendo gimnasia con la paciencia, una tras otra las imagenes, nos mostraban unas calles irreconocibles, un odio al que nos hemos venido acostumbrando de un tiempo para acá. Y eso no nos deja más que un peso en el centro del alma, una tristeza casi inmanejable. Y una comparte y recibe información, tanta, tan terrible toda, que los muertos, que los heridos, que los destrozos, que las conspiraciones, se vuelven nuestro tema de sobre mesa, sobre baño, sobre café, sobre sexo, sobre amanecer. Eso hace que naturalicemos. Esta es la guerra. Paralizarnos en la búsqueda de una justicia que otros harán por nosotros, esperar a ver qué pasa, calmarse, respirar, soportar, dejar pasar las horas, aguantar que nuestros hijos no puedan llegar a la escuela, temer por sus vidas, temer por las vidas propias y las de nuestros más queridos iguales. Entonces una escucha una palabra que suena resonante en la dignidad propia, una piensa que la cosa no está tan mal, que los altos niveles de conciencia nos dan muestra del montón de años que tiene la historia de las luchas del hombre y la mujer haciendo fuego en la boca de generaciones enteras, que la derrota es una palabra injusta y tajante, una palabra que entiende la vida como segmentos, vainas que empiezan y se acaban.

 Entonces le buscamos metáforas a la lucha para poder despertarnos al día siguiente, el cielo no es límite, la respiración de nuestro cuerpo tampoco, el horizonte es un lugar simbólico que nos hemos clavado en la razón, en el anhelo, para seguir viviendo. Lo cierto es que duele, que hay días en los que sólo vemos el rostro del odio y sus consecuencias. Y es que el rostro del odio no es tan simple como parece, ese es un odio de clase que ha estado mermandose en el desprecio más cotidiano hacia el otro que no soy yo, juegan ahí sentimientos profundamente arraigados que creo aún no terminamos de entender, que nos asombran porque nos acercan a un escenario del horror que nos negamos a aceptar de nuevo.

Los que crecimos en la consecuencia del 89 sabemos que la esperanza es lo último que nos quitarán, sabemos que cuidar el alma es parte de entender que nos hizo la historia de un pueblo en lucha, en ese punto las opcion de vida es una sola, resistir ante el horror es la tarea que aprendimos como destino. Nosotros que pudimos decir nuestro nombre en mayúscula ante cualquier escenario, después que a un tipo llamado Chávez se le ocurrio crecer a la izquierda, se le ocurrio gobernar desde esa certeza y para una mayoría, ese pueblo que ahí estaba callado, pudo gritar su verdad, nosotros fuimos, hemos sido un mismo parto. Y en esa apuesta crecimos, nos hicimos la idea de soñar en el ejercicio nutrido de construir una sociedad distinta, así le debemos el aire clarito a cientos de hombres y mujeres que pusieron su carne y su fe, que también se clavaron un horizonte en la razón, que lo hicieron desde donde pudieron y con las manos propias, esa sobrevivencia en lo reducido de los embates de la clandestinidad, del desapego, de la entrega y de la esperanza, nos dejaron el espacio para salirle al paso al horror, para consumar un tiempo de lo posible. El 13 de abril nos encontró en el alivio de sabernos vivos aún, por eso las entregas verdaderas no dependen del momento correcto, de lo políticamente adecuado, nosotros nos jugamos lo que nos enseñaron, el tránsito que somos en la disciplina de nuestra conciencia. 

Esta tierra que nos habita ha sabido desde el silencio asumir que la sangre siempre es nuestra, y eso nos carcome, nos ha dejado doliendo los huesos. La fuerza es otra palabra, en ella cabe dignidad con todas sus letras, mi abuela llevaba a todos sus muchachos limpios a la escuela porque su dignidad de pobre sostenía las piernas de esos niños que ahora son hombres, aprendieron de ella, ahora se sostienen solos. Mi padre me llevaba a volar papagayos a unas cuadras de casa y ese momento era hermoso porque él nunca dejó de ser digno y libre, mi madre abraza como los árboles y por eso su risa siempre fue abierta, el horror nunca pudo con sus dos brazos cubriendolo todo. De qué historia venimos? con qué andamos del ombligo a los pies? del espíritu a la lengua?, eso es lo que tenemos, ese es nuestro combate, no volveremos a quedarnos sin nombre, no seremos mártires de nuestro tiempo, y lo único que nos han dejado tener hasta ahora es la verdad de una inmensa juntura de los muchos empujando al mismo tiempo, sabemos cómo se ve, sabemos cómo es pararse en medio de una calle y colocar nuestra mano en la de otro para andar, y eso lo hemos gritado en las paredes también, lo llevan nuestros hijos en su calma cuando duermen.

seguimos queriendo...
NO VOLVERAN

viernes, 21 de febrero de 2014

La pornopolítica (a propósito de la coyuntura)


Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma
Roland Barthes, Mitologías

El cine porno nos metió en la cabeza durante generaciones que para la práctica de uno de los actos más naturales del ser humano, como el sexo, tan culturalmente básico como la preparación del alimento, como la producción del fuego, teníamos que tener sendas tetas  y sendas piernas; a los hombres les dijo que tenían que poner esa cara neutra y estéril  (por demás ridícula) para conquistar a una tipa, para cogérsela concretamente. Es sexo prefabricado, un  signo indetenible que se reproduce (no porque nazca sino porque se repite) generando la satisfacción del consumo de la imagen, de la sustitución del acto por la representación del mismo. Así el deseo se redujo a la  visión en la pantalla, a la máscara. No importa ser consciente de la puesta en escena para tomar distancia; importa lo que genera; y eso no es una metáfora, es un símil inflado, la representación exagerada del acto, más es mejor. 

La industria cultural del capital supo sacarle jugo a la imagen de un mismo acto reproducida mil veces, luego comentada, repetida y transformada en el relato, en la imaginación, en la proyección de sí mismo y de otro.  En este plano somos consumidores no decodificadores de un mensaje, todo está dado y explícito, no hay desciframiento. Entonces la realidad -la real- se vuelve una frustrante búsqueda de esa representación, nos volvemos el circo, la puesta en escena.  La vida pasa a ser es un escenario donde cumplimos papeles que nos lleven del extra a la estrella porno, nos sometemos a ese enorme filtro imposible. 

Cambiemos entonces los conceptos y no hablemos de sexo, hablemos de política. Porque sólo desde ese campo del show de la imagen, de la representación a ultranza, de la colocación exacta de una composición visual que mueve el morbo y el consumo visual más individual y profundo, que hurga en el yo profundo; es que podemos entender a un Leopoldo López parado al lado de una estatua de Martí en la capital de un país en “revolución”. El juego empieza cuando prendemos el aparatico para sentir que somos parte de algo, con la necesidad enfermiza de “conocer”, de “saber” cuando encendemos la pantalla, esa angustia de saturarnos de información, de validar las fuentes, de la conversación agotada, repetidora de rumores; toda esa euforia comunicativa, que irresponsablemente asumimos como tarea, como “la trinchera” única del movimiento popular. Esto nos ubica en una realidad en la que el peso de la política está depositado en la representación, en la imagen del contenido, y finalmente en la pérdida del contenido. Barthes lo dijo así: “Este vaciamiento de la interioridad en provecho de sus signos exteriores, este agotamiento del contenido por la forma”. El terror llega en fragmentos,  la contraofensiva también, y eso nos paraliza. 

¿Salir a la calle para el chavismo sigue siendo necesidad real de sabernos muchos en un mismo empuje? En una misma historia emancipadora? O es una logística de producción de la imagen? Del sexo prefabricado? LLenamos avenidas con cientos de cámaras que reproducirán el entusiasmo hasta convertirlo en un archivo inagotable de una expresión reducida a una pantalla?, que se revienta en el discurso del oficialismo, que es el mismo discurso que se ha sabido posicionar en las vocerías de la mayoría de los movimientos políticos populares. El fascismo sigue matando a nuestra gente (la sangre siempre es de la misma gente), y eso tiene que dejar de ser la suma para el pote de la repetición, para el raiting. En qué momento dejamos de darnos el beso antes de desnudarnos?  O nunca nos lo dimos? Creo que sí, que en  la bonitura, que también es arrechera, en la juntura que nos convoca en cualquier espacio donde nos reconocemos igualmente jodidos y dispuesto a lanzar al menos una patada, a pegar al menos un grito; nos lo dimos. En qué momentos dejamos de lado el ritual de la rebeldía? El 13 de abril fue un inmenso acto erótico, corporal, físico, vivido, escalofriante, entregado al absoluto deseo de la libertad.

 El porno. La pornopolítica nos coloca en el papel del interlocutor que atiende y espera, que hace lo políticamente correcto, que hace héroes de la revolución a los animadores de la tele, que convierte el liderazgo en necesidad de aplauso, en fábula que pierde y se desgasta. Que no reconoce el proceso transformativo como esfuerzo de la cotidianidad sino como espectáculo, como llegadero. El entusiasmo (el germen de la revuelta, la creencia en las manos propias, el fuego adentro) se institucionaliza, se mediatiza, se neutraliza. Aquí vale igual un Wiston que un Juancho, que un Ché Guevara, porque se proyecta desde la misma pantalla, en la misma imposición desmedida monocromática.  

El fascismo, el que siempre ha estado, ni siquiera son los carajitos que andan quemando la calle, como si hubieran ganado el derecho, como si esta lucha no fuera también territorial, y para eso bastante ejemplo hay para dar, porque resulta que nuestra mártires, los que llenaron las cárceles de la cuarta, los que nos cuidaron, los que nos hicieron hijos de la consecuencia; con ellos conocimos el rostro del fascismo, ese no es un cuento nuevo para este pueblo. Y el problema no es que todos los medios coloquen las fotos de los carajitos tirando piedras, en ese sentido la derecha lo tiene muy claro, ellos son los incitadores, la plataforma de una razón más histórica, más despótica, esa que tiene la capacidad de someter a una nación entera al terror del sicariato. Seguiremos pensando que los sicarios, los asesinos concretos, son los papasitos o las mamitas de bloqueador solar?, sujetos que no pueden mantener un discurso coherente ni siquiera en defensa de su propia clase. O es que el problema es más complejo?  pero el porno no se enreda mucho, eso es mete y saca, gritico y acaba. La pornopolítica no está dispuesta a poner al menos en debate, la presencia paramilitar en nuestro país, la intervención gringa no viene en soldaditos cayendo en paracaídas, viene de la mano de la miseria, de la mano del narcotráfico, quién está dispuesto a parar el coito representado para denunciar los acuerdos donde no hay diferenciación de un lado y otro? En la caja de pandora no hay protagonista y antagonista. 

Entonces, ¿de qué plan de pacificación hablamos? La criminalización de la pobreza es parte, también el asumir que la paz es la neutralización de todo conflicto, incluido el de clases. Y el reviente está dentro del pueblo de siempre, desde sus diversas facciones de acción y conciencia, internalizado, con la necesidad de salir a gritarle al fascismo que lo que hemos construido en unos cuantos  años, antes y con Chávez, lo vamos a defender a pecho abierto. Un reviente donde no cabe la idea de la diplomacia burguesa, ni de los evidentes acuerdos en la panacea de lo público. Cuánta memoria guarda un pueblo que se ha enfrentado a su enemigo histórico de las maneras más inverosímiles, ingeniosas y aguerridas, que se puedan contar para la historia de las luchas en América Latina? Tendríamos que ubicarnos en esa cúspide de lo que hemos sido, de la voluntad que no es cifra electoral sino empuje orgánico, autogestionario, creativo y terco; ese que Chávez supo descifrar y ser parte. 

Van cuatro muertos, un poco de heridos, y sus cuerpos se traslucen en las pantallas como muñecos, mañana los olvidaremos? Cuánto afecta a la memoria la reproducción infinita del hecho? Cuando comienza a volverla cosa, producto, parodia? Y nuestra rabia? Permitiremos que la rabia que implica el enfrentamiento de clases, se convierta en una promo de tv, en un ascenso de moderador a ministro? en un juego discursivo del voy y vengo? En un comunicado tímido y “objetivo”?. Permitiremos una vez más que el fascismo de la derecha nos marque la agenda de lucha? Permitiremos que un Leopoldo López se convierta en mártir de una fábula? Qué papel haremos ahora en la porno?

Tenemos que decir, hay un tejido constituido y desplegados en nuestra tierra, que está hecho de empeño y de conocimiento, de trabajo y solidaridad, hay una nueva sociedad forjándose, y eso no lo hemos perdido, lo cuidamos como un niño para que crezca, le espantamos las amenazas del terror y de la apatía, a ese niño le hemos venido a cantar, le hemos poco a poco dado la mano para que camine, no hay desesperanza institucionalizada que le quiebre las piernas, ni odio fascista que lo ciegue. Lo estamos preparando para que sepa luego reconocer su cuerpo sin representación, a que asuma la política como la vida, y la militancia en el enamoramiento. Le negaremos el derecho a la desnudez simple, viva?

Una doña arrecha decía ante la pantalla, -se coló por fin un gesto autentico- “Nosotros tenemos el alma más grande que puede tener un pueblo, que es dignidad”. Vamos pues, no esperemos el aplauso.


viernes, 7 de febrero de 2014

Carta para un hombre que no merece una carta II Parte


                                                        Las palabras

Este tiempo que narro es distinto y en la distancia es el mismo, una sola ola que lo empapa todo. Y está cargado de palabras, un orden de palabras que va al centro del pecho, de ahí  hasta de la punta de los pies. Palabras que colapsan en la desembocadura. Querencias y odios se hicieron sobre todo de palabras.
En el reojo puedo reconocer el peso del dolor, le doy formas para tragarmelo, para que el estómago aguante la factura de la roto. No hiere tanto en la distancia. Así puedo al menos ponerme guantes y un traje, coserme las costuras cada vez que se abren. Tu recuerdo tiene un efecto de espuma que lo derrama todo y cae el suelo encharcandolo. Rápido y desagradable como la espuma turbia de la orillas de los ríos que se estancan. Se debe quizá al hecho de que sólo contigo no he podido huir. -enfrentarme al miedo- interminablemente enfrentarme, hasta perder el miedo?...hasta transformarlo. Igual no te pondré nombre, tampoco esta vez, quiero pensar que hablo siempre en el subconsciente del pasado. No hablo de ti, hablo de lo que fuiste para mi.
No estamos obligados a perdonar, igual intentamos hacerlo para seguir viviendo, finalmente queremos todos el "reino de los cielos". La memoria hace su función de borrado y lo agradecemos. Difumina la imágen, podemos así cerrar los ojos sin que nos ataquen en pleno día los fantasmas representados en colores, texturas y formas. Sin embargo hay abismos que te marcan, directo al matadero como las vacas. Los abismos del miedo, tendrás miedo tú también?. Esa respuesta me es negada, y mejor así.
 A esta altura puedo entender que la mente es capaz de fabricar a partir de la expectativa (de lo irreal) imaginarios completos, armados con detalles, un lego que va colocando bloque a bloque los personajes, los escenarios, los resultados esperados. Fui protagonista de esa fantasía. No ame a un hombre, ame sus palabras. Ame el mundo de sus palabras. Por eso han pesado tanto, incluso más que tú.
El terreno donde exististe, fue, ha sido, un lugar espinoso, agúdo. Nada está a salvo en los límites, eres o eres, y para ser expones el cuerpo, expones el alma. Mirarte, estarte, era vértigo. 
Dije que había recuperado mi cuerpo. Digo ahora que nunca lo recuperé del todo. Lo expuse contigo a un hueco cálido donde de vez en cuando lanzaban sobre mí jarrones de agua fría para despertarme, para sacarme de la fantasía. Imgino un cuerpo-feto doblado sobre sí mismo, en ese hueco cálido, esperando que el agua acabara con todo de una vez, sintiendo el frío venir desde el centro de la espalda. Quería morirme, no hubo pataleo que dijera lo contrario.
Nada de eso cambió, ni siquiera con los nacimientos. Creo que es una gran ironía que me fueras matando y a la vez me dieras vida. Cuando ella llegó hace tiempo que esa fantasía se había destruido por sí sola, hicimos lo posible por pisarla por si se le ocurría de nuevo levantarse.
Desde niña no pude establecer una relación tranquila con mi cuerpo, siempre hubo algo mal o ignorado. Desde entonces le temo a la desnudez. Procuré hacerme cargo de lo que podía colocar frente al espejo sin pudor, hice de mi cabeza un mundo infinito, intranquilo. Me atormenté con eso. Así no aprendí a bailar, ni a usar tacones. Preferí el silencio, los libros, la gente-libros, las palabras. 
Ese cuerpo empezó a crecer de manera abrumadora, casi inmanejable, hacia el frente, queriendo salirse de mí, queriendo gritar con la piel, con el saco que luego de 9 meses fue una niña. Para una mujer que no hizo conciencia de su cuerpo esta metamorfosis es una cachetada con la otra mejilla. Luego entendí que lo que más temía no era a mi cuerpo sino a la imagen que tú tenías de él (aquí volvemos al punto en el que pesan las palabras). Demostraste odiarlo, con el énfasis que sólo logran los que se odian un poco a sí mismos. 
He querido volver a mirar ese cuerpo para darle un beso. He soñado abrazarme y volverme tú, tu personaje, para quererme, para acompañar todas las horas infinitas en que aprendí a tolerar la soledad, o en la que aprendí a odiarla. Mi cuerpo nunca fue tan hermoso, ahora lo se. Ahora que no puedo volver atrás para quererlo, lo se. Estaba más viva que nunca.
Vértigo. Sellos -recuerdos- sellos. Cargamos ambos un peso del dolor tan grande que nos comió un poco el sentido de la existencia. Hay pasajes que no se borran, por más agua que caiga sobre el rostro, por más llanto con función de vacío, hay pasajes que insisten en permaneces. Hacen orificios diminutos por donde se escapa el espíritu (si es que existe algo como eso).
**
Tenía ya un cuerpo desplegado en dos, el vientre era un un grito...Llamé, llamé, llamé muchas veces, y la imposibilidad de escuchar tu voz siempre era el mismo desciframiento; el desprecio, el odio, la soledad, el llanto. Atendiste, eras ese ser transfigurado en un torrente de despreciable egoismo, de infelicidad despótica. Calculo que era como media noche, un poco menos; salí de la oficina y crucé la calle para tomar un taxi. Como el azar del universo lo dispone, -estos azares caen como plomos del acierto -rompiendo esta y otras fantasías-; del otro lado de la calle estabas tú, un paso tras otro, -la verguenza- que hace al que se siente culpable bajar la cabeza al suelo. No eras tú quien bajaba la cabeza, era una mujer que tampoco tendrá nombre en esta carta. Bajará siempre la cabeza?. Esa noche se extendió por casi dos meses. Ese cuerpo negado, expandido, ahora estaba también inmovil, el polluelo quería salirse de su nido, allá dentro no soportaba la presión que le imponía el dolor. Imagino una sangre que se iba descomponiendo mientras avanzaba por sus pequeñas venas, un latido ofuscador que golpeaba en los oídos de esa niña despierta, a la espera. Suponía un tiempo de calma para no dejar a la muerte hacer su papel en la historia.
Suele pensarse, en la sociedad dependiente y tóxica, que los hijos salvan relaciones, que estos además deben cargar con ese peso tan injusto. El gesto cobarde de poner a los hijos como chivos expiatorios, sacrificados en nombre de "el amor". Las familias, que son constucción cultural, no sentencia biológica, puedes escogerla a lo largo de la vida; es así como tú, que colocaste tus genes en el ser que más he amado, no eres, nunca fuiste, mi familia; y ella lo es por completo. Ella y yo fuimos un bloque unido, se rompió el mito, y eso no nos hace víctimas, nos fortalece. El imaginario que despunta una mujer que no necesita representación simbólica de la familia tradicional es incalculable. De ahí empezaron -y como cuestan- las maneras más feroces del desapego. No hay fantasía posible.
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Palabras. Lo que queda y siempre hubo fue palabras, excesivas, desparramadas, buscando herir, querer, herir de nuevo, perdonar, ser perdonado, culpar, mentir. Años de palabras. Años de palabras-espinas. Habrá silencio? Algún día despertaremos y no habrá nada qué decir? callaremos algún día? cuán justo sería abrir los ojos, cerrarlos, volver ha abrirlos, y que nada pase, que nada estalle, que no crezca la espuma turbia. Que se acaben las palabras.

jueves, 9 de enero de 2014

Carta para un hombre que no merece una carta I Parte




 El Miedo

Espero decir lo justo para no decirlo más 
Haré caso omiso de tu nombre para no herirme. Tendrás todos los nombres y ninguno. Así como los pájaros que no logramos identificamos en los árboles, les llamamos a todos por igual, pájaros, eso son en la poca memoria de los que no sabemos de aves. Uno y todos los hombres. Siempre he pensado que los nombres tienen una especie de hechizo de lo real que me causa escalofrío. Una asociación con la imagen de un ser de carne inevitable. Hay nombres que he decidido no decir porque toman vida. Me sacuden desde la punta de los pies. Tu huella en su forma será igual a cualquier otra huella. Así lo he querido. No eres especial. ¿O sí? Eres todos los hombres que he amado (si a esta altura puedo afirmar que eso fue amor) y ninguno. Así, informe, inmaterial, etéreo, vienes a desplegarte en esta carta. El odio, la ternura y la mentira, a la vez. Todo ese cliché junto eres. Esta carta, en ese sentido, es más para mí que para ti. La necesito, he de suponer. No quiero volver a hablar de esto, me libero, así sea para despagarme de la fábula. Los recuerdos son un peligro cuando empezamos a darles colores y formas, cuando los acomodamos en el lugar donde quedamos más cómodos, ¿más o menos víctimas? No tienes rostro. Te he descocido para mirarte dentro, para rearmarte por pedazos y reconstruir en mí una imagen de ti. Que bueno que no tienes boca, tienes todas las bocas. Que bueno que no tienes manos, tienes todas las manos. Tu cabeza es ese globo cubierto de piel que da vueltas en mi recuerdo y se aferra al aire inutilmente, para llegar a ninguna parte. 
Yo que anduve sujeta a tu palma esta y otras ciudades. Esta y todas las vidas que he tenido. ¿Debo escribirte sobre mi cuerpo? ¿Debo describirtelo, ahora que ha cambiado? ¿O sobre mi idea de cuerpo? ¿O sólo sobre la idea? No. Debo decirte cualquier cosa que nos salve. Para algo debe servir la distancia. Esta es una narrativa de la sobrevivencia que empuja desde lejos y trae todo. Este es un relato egocéntrico. Deja todo tirado y en desorden en medio de la sala, como un cadáver guindando de una soga al techo.

La primera vez que viniste eras tan alto que mirar hacia arriba se volvió una de mis mejores virtudes. Puedo confundir cualquier rostro y el tuyo no puedo olvidarlo. Me he dado cuenta que la mayoría del tiempo que miro hacia abajo (ahora miro hacia abajo) mientras camino es porque no quiero encontrarme en la calle con ese rostro. El miedo (esta palabra nos acompañará por mucho en esta carta). En ese tiempo la ciudad no era mía, desconocía el eco de la noche y los códigos de los muros húmedos. Una niña crecida en una familia comunista cambia su vida en un segundo por esa verdad absoluta y cruda de la ciudad profunda. -el insecto que se quema en el foco de la luz, un hermoso suicidio-. Tú eras la ciudad, eras la virtud, bajo esa mano y ese paso (los tuyos) la ciudad me era prestada, nada me pasaría. Cada beso graficó (eso lo entiendo ahora) la mujer que desde entonces fui. Y no fue por ti. Estoy segura que cada día que pasaba me fui volviendo caderas y boca. Piernas y abrazos en desbocamiento hacia la pasión descubierta. En tu cuerpo se hacia el torneo de la felicidad. Todo era posible y nada se agotaba. No sostuve teoría alguna. Ciega. No escuche reclamo. Lo que me habitaba, tan animal, cubrió el resto de las palabras, incluso el silencio. Luego recuerdo mirar la ventana desde ese último piso. El monumento gris que era nuestra casa. Metáfora de la rotura. Deseaba la muerte, la primera vez que deseaba la muerte. Dos vecinos en total pensaron lo mismo (pero lo hicieron) mientras estuve de residente en tu cuerpo-casa-monumento gris. El golpe que estalló en el suelo dejó los gritos en mis oídos para siempre. Temía perderte (porque aprendí a amar temiéndote –mío-). El silencio se amplió sobre la casa. La cocina no era un rincón sexual, no había comida caliente. Sólo silencio. Los gritos lo habían quebrado todo. Ya no quedaba voz en cuello. 

Dos cosas. Una tarde un zamuro se posó sobre la reja de la ventana de la sala. Tú lo viste y el horror se hizo en tu cara. A mi espalda había presagio. Tenía alas del tamaño de mis brazos. No podía zafarse de nuestra vista. No quería quizá. El chillido de un zamuro se parece a un quejido del subsuelo. Viene de otro mundo, uno donde no estábamos nosotros con nuestros cuerpos como armas. 

Dos. Ya el silencio se había comido es resto de la casa. Sólo quedaba coserse los labios para evidenciar la protesta. Aprendí a llorar contigo. Eso lo agradezco. Aprendí también del miedo. Te temí. Te odié. Te odié porque te temía. Entendí que la crueldad más violenta e irracional cabe en el concepto de “amor”. Si me gritaste a dos centímetros de la nariz, si me intentaste golpear, es porque me “amabas”. Así entendí el amor, con esa carga horrible. La noche que vi aquella pequeña caja con la ropa,  delicadamente doblada, de un bebé; y aquella nota que explicaba el origen, me vacié. La ropa era de un niño, ese niño era tuyo. Su pequeño cuerpo, débil, había estado durante nueve meses dentro de otro cuerpo, el de su madre, que no era yo. Todo empezó por el vientre. Los verdaderos dolores de una mujer nacen del vientre. Si dios existe, colocó en el vientre un disparador que suena hueco cada vez que duele algo. Ese disparador debe estar conectado de alguna manera con los ojos, que se nublan, con las piernas que se resignan a querer solamente el suelo, a la espalda que busca posiciones fetales, ¿buscando salvarse?. El acto del amor (de lo que creí que era el amor) no estaba en mí. Asco. Fue la sensación que mejor aprendí en ese tiempo. Me daba asco la imagen de otro cuerpo bajo tu cuerpo-mío –esa fábula la hice yo, le llamé amor-. El asco repetido.

Me sentí sola. Porque alrededor de ti estaba todo. No tenerte implicaba morirme. Tan así era la verdad construida en mi cabeza. Me quedaba mirando la ventana. Nunca me dio pistas. Enfermiza insistencia de proyectarme al frente. ¿De verdad te ame? ¿Tan sorprendente era la existencia de ese niño? ¿De verdad nadie sabía nada? ¿Todos nos hicimos los ingenuos? ¿Incluso el esposo (padre oficial del niño)? No lo se. Vi su foto después y me pareció tu rostro con otra mirada. Aun así creí que no era cierto. Autoengaño. Daño. La verdad era inabarcable. Si me la hubiera tragado se hubiera salido por mis oídos, por mi ombligo, por mi vagina. Me hubiera cubierto toda en un hueco frío. Nadie quiere el vacío. Preferí no ver hacia abajo. Ya tenía en el estómago el antecedente del choque. 

Te volviste dos en otra parte. Lejos del monumento gris y las notas de la madre de tu hijo. Esa otra ciudad que descubrimos, donde llovía en horizontal, nos colocó en la mesura de un juego de lo prohibido. Tibieza y complicidad. Tú tendiste un abrazo. Yo me hice la ilusión. Volver de nuevo al  monumento gris. Subí los 21 pisos con un bolso sobre los hombros. Eso fue después de la segunda ciudad, de los besos desesperados y las miradas de pasillo. Después del –ven conmigo-, del retrovisor y la despedida.

Abrí la puerta. Estabas dormido boca abajo con los brazos en cruz. Estabas crucificado. En la sábana tu rostro era desconocido. Me senté en una silla. Me quede (un minuto, ¿dos horas?) mirándote. Desconociéndote. El asco de nuevo. La rotura toda. Ese cuerpo no era mío. El cuerpo sobre la silla (el mío) estaba recuperado. Manos, pies, cabeza, senos. Todo era mío como por primera vez. Ese creo fue mi segundo nacimiento. Triste nacimiento. Despertaste. Tomaste el rostro de mi sorpresa y me besaste. Estaba muerta. Ese beso era un hoyo negro. Ahí no había nada vivo. Sobre mí (¡sobre mi cuerpo recuperado!) forzaste el deseo, me desnudaste. Incorporaste todo tu peso y me traspasaste. Cerré los ojos. Y todo me dolía. Ardía en mi pecho. Ahora que había recuperado mi cuerpo, tú lo violaste. Ese cuerpo que habías amado incontables veces. Llanto. Te detuviste. Se detuvo el mundo. Los carros, los tránsitos del aire en la ventana, los vecinos que pensaban en la muerte. Me miraste. -¿quién eres?. –me enamore- dije, -no puedo hacer esto- (el otro que eres tú mismo. huella sobre huella). La rabia del beso. Lloraste. No quería abrazarte porque te desconocía. Un pájaro. Yo había recuperado mi vientre, lo quería sólo para mí. Pediste perdón. Pediste explicaciones. Di detalles de lo inconcluso –la ilusión sembrada en medio de mis senos- (la ciudad donde llueve horizontal). Culpable. Mi primera huida fue un alivio. Sogas del cuello, afuera. A lo lejos. Años después. Tu voz asomó en una estación del tren. Dijo mi nombre. Seguí caminando viendo abajo. Tenia miedo.

lunes, 6 de enero de 2014

Sobre la Juventud - comentarios y otras descargas


a los chamos que golpearon hasta la saciedad al pana Wallner en el 23 de Enero creyendo hacer justicia
a Wallner 
a Territorio Karibe 

Como un grito retenido en la tráquea que busca salir a dar vueltas, esta reflexión es una necesidad, es generacional, en consecuencia lleva las marcas del tiempo, de ciertas cegueras y nociones arbitrarias. Apuesta a ser no más que una descarga, de formas del habla cultivadas en la desesperación, de las más sinceras sin duda, por lo tanto no considera en su existencia ser un aporte útil, y ojalá lo sea.
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 La Juventud, termino abusado en los discursos de la dominación, de todo orden, en el convencimiento y el alza de un ego individual que idealiza una época de la vida, planteándole las maneras, limitándola; así puede entonces ordenarle, sugerirle, darle responsabilidades. Preferimos situarnos en un concepto menos inquietante de Juventud, hablamos entonces del humano que pasa por la infancia, y que empieza a mirar su realidad a partir de la experiencia y la convivencia con otros; ese que se da cuenta un buen día del desastre del que es parte, del gran engaño al que ha sido sometido, duda de sí y de la vida. Esa incógnita primaria es un punto de partida, se toma o se deja, tomarla es aventurarse en la carrera de los espejos, todo es representación y todo es juzgable. Queremos desplegar estas palabras en esa sensación de apertura, perturbadora, cruel; que brinda la posibilidad de transformar. Tampoco queremos decir con esto que la infancia es una etapa inocente y florida de la vida, pregúntele a un niño que trabaja de colector en una camioneta, o a una niña que se prostituye, qué piensa acerca del mundo.
Hablamos de un sector muy específico de la juventud, ubicado en lo urbano, en consecuencia determinado por el sectarismo de las tribus propias de la mercantilización de los ideales, de grupos y movimientos políticos importantes que el capital supo convertir en una mercancía atractiva y “especial”, empaquetada para diferentes gustos, ¿atrevidos o menos atrevidos?; es así como la violencia, el consumo de drogas (de todo tipo) se convierte en parte de un valor cultural, en un ritual del consumo disfrazado de dogma. El capital vence dos veces, inmoviliza y vende. Estamos hablando de una juventud que sobrevive entre los restos que nos dejó el sistema, que defiende un proceso nacional que nos incluyó, y que ahora vemos con menos ingenuidad, ya situados desde posturas políticas más estructuradas por las experiencias  -no siempre gratas- , el sentido común y la sensibilidad. Claramente hablamos de la juventud chavista, en su abrumadora diversidad. Juventud Chavista de Caracas para ser más precisos.
Debemos empezar por reconocer, que los que crecimos en “revolución”, asumimos que el Gobierno era el Pueblo, o que el Pueblo era Gobierno; y con esa verdad fuimos engordando las filas de la burocracia institucional, a la par se nos fue sumando una frustración generalizada, como cuando llegas jadeando a la meta después de una carrera de kilómetros y no recibes ni un aplauso; sí, nosotros creíamos que la revolución era una carrera que narraba un hombre, bajarnos de esa nube, a niveles individuales significó renuncias a instituciones (que creímos trinchera de lucha), distanciamiento de partidos políticos oficialistas, rupturas con espacios de organización; en algunos casos peores, la persecución, el amedrentamiento, los despidos injustificados (recordemos casos como los de Ávila Tv). Lo que nos mantuvo a algunos, además de la terquedad, fue la tierra que pisamos, fue la necesidad de combatir el despotismo en cualquier escenario; y creer en nuestra razón, la misma que encontramos en el trabajo concreto en la comunidad, en los momentos de lumbrera en que el Comandante, cercano a nosotros, dejaba escapar de todo formalismo la misma arrechera nuestra para hacerse resonancia. Quiero creer que también nos mantuvo el escepticismo. Nada cae del cielo, y si cae se rompe fácil o muere de un infarto en la caída. A nosotros nos gustan más los nacimientos.
Traición. Esa es la sensación que llevamos en la boca. Dispersión y distanciamiento, que se amplió en la perdida física de un liderazgo indiscutible; fuimos, en un sentir colectivo, autentico y hermoso, haciendo un paso, que no se detuvo, sino que se pensó a sí mismo, rectificó, tomó fuerzas;   muchos son los ejemplos que pudiéramos colocar en el debate de cómo surgió este devenir histórico de unas generaciones protagonistas de la revivificación de un país, de la dignidad sostenida de un pueblo. Puedo decir que muchos, hijos, sobrinos y demás, de luchadores y luchadoras, (guerrilleros, maestros progresistas, artistas de izquierda, intelectuales radicales, sindicalistas, etc) pudimos tener un punto de comparación importante, entendiendo que este proceso de transformación no empezó en el 98, ni siquiera el 4 de febrero del 92, que el Caracazo no es sólo un recuerdo memorable de la Revolución Bolivariana, sino que guarda la esencia fundamental de la lucha de clases en este país. Esa rebeldía digna y no formal que ha venido siendo socavada, reducida a consignas sin alma, reiteradas en el poco vigor de las marchas de uniforme, donde ser trabajador público es igual a ser militante.
También consideramos que esa obligación patriótica era asumirnos dentro de una estructura burocrática cercenante, que en ese marco era “normal” y parte del “proceso” que se reprodujeran los términos de la desigualdad en los espacios laborales de los que formamos parte (tan lejos miramos esa llamada nueva institucionalidad), donde las propuestas reivindicativas de la liberación en ejercicio y pensamiento fueron cada vez menos, cada vez más parecidas a una representación teatral de bajo presupuesto. Así, parte de esa generación se convirtió en la vocería de esa pantalla, en los instrumentos “frescos” de un discurso mercantilizado a través de los aparatos mediáticos, con los mismos códigos decadentes que la derecha supo instalar en el imaginario de una población dependiente de la renta petrolera. Son ahora, en términos concretos, los enemigos del pueblo, al que evocan desde el desconocimiento, la distancia y la idealización, se han encargado de hacer, desde esa poderosa plataforma, una imagen de la “juventud revolucionaria” que da vergüenza si la comparamos con la verdadera virtud de los movimientos revolucionarios que movilizan en gran parte jóvenes de todo el continente, pensemos en Chile, en Argentina, en México, en Brasil, en la misma Colombia, donde pensar distinto les cuesta la vida a miles cada año. Tiro de plomo no es igual a tiro de cámara.
 Esa juventud, que se asume vocera, y peor aún, vanguardia, de un proceso político, opera en la misma lógica de: es lo mismo un funcionario público que un militante, es lo mismo un ancla de televisión que repite el discurso oficial (¿atrevido e irónico?) que un militante. Todos queremos lo mismo, el fin último, la revolución…todos somos tan buenos y eficientes. La verdad es que lo que se comieron este cuento, no le hacen gran daño a nadie, la derecha se burla y no le pesa (pues no afecta sus intereses materiales y concretos) y el chavismo (por no llamarle izquierda) los rechaza; aburren, se estancaron.
Es hora, lo dice el ahogo, es hora de descentrar la mirada de nuestra arrechera  (que va desde la crítica más pulida, hasta el pataleo más pueril), y colocarla en un lugar donde sea útil. Es hora de entender que el problema no está en el agotado enfrentamiento mediático de un polo contra otro, eso ya sabemos que es una pelea estéril. Hasta cuándo caeremos en el facilismo de tirar improperios -justificados o no- en contra de los sifrinos que salen a la calle a protestar, como les corresponde, en defensa de sus intereses, ¿hasta cuándo reduciremos la lucha a un ping pong de la comodidad discursiva?, ¿a eso le llamamos lucha de clases?, ¿a esa distancia no riesgosa del verbo alzado contra la pared sorda de un contendiente que no ha cambiado sus estrategias desde hace por lo menos unos diez años de contienda política? Negando así la posibilidad de llevar el debate a la espina dorsal del asunto, en el reconocimiento de que estamos jodidos, de que no llegamos a la Victoria Final, de que esa vaina no existe; y en ese reconocimiento es que vamos a mirarnos descarnadamente con los otros jodidos, cara a cara con el tiempo que nos tocó vivir, a desmembrar las contradicciones, esas que duelen, las que nos han forjado humanamente débiles y maravillosos, con las que nos llevamos coñazos todos los días; no sé si para superarlas, por lo menos para reconocerlas. Ese es un pequeño paso.
Esa juventud que se puso máscaras de superioridad, que realmente se cree una gran vaina, debe empezar, debemos empezar por saber que hemos metido la pata en el barro hasta el fondo, y que el orgullo no nos debe pesar tanto, ahí quizá hay esperanza de algo. No somos vanguardia de nada, las miles de horas de representación simbólica de qué sirvieron, qué dijimos con eso, a qué reflexión llegamos; sólo sirvió para conseguir carguitos que luego (como en cualquier sistema de escalafón) nos quitaron, porque así es, todo se desecha, todo se usa y se bota. Unos más jala bolas que otros, aún se mantuvieron en la estructura, segura estoy de que sumamente infelices.
También pasa que el sistema burocrático que ha implantado este Estado, este llamado “proceso de transición” ha generado situaciones de dependencia financiera y partidista que en gran medida ha desmovilizado cualquier intento autónoma de rebeldía y organización de la juventud, es triste ver cómo han surgido “movimientos revolucionarios” juveniles que repiten el discurso de lo oficial, para disponer de la comodidad de lo políticamente correcto. Un discurso y una práctica que transforma con limitaciones, que no profundiza en la radicalización de un proceso político que exige cada día la necesidad de la crítica interna, de la ruptura definitiva de las prácticas adecas; reproducidas ahora desde una plataforma instrumental y económica que muchas veces arrastra toda convicción autentica, toda creatividad liberada y liberadora, para convertirla en una forma expresiva que no afecte, que no altere, que no transforme verdaderamente nada.
Y estos casos podríamos considerarlos sólo molestos y un poco preocupantes cuando se trata de movimientos culturales (tan pop) que se pavonean en los espacios de lo público como maestros del discurso prefabricado; sobre todo cuando vienen a querer ser voceros, o peor aún representación, de la Juventud revolucionaria, lo que queda fuera de esos marcos referenciales qué es entonces? Juventud contrarrevolucionaria? Porque no es chic, claro; o porque no es malandra a juro. Lo realmente preocupante es aquella juventud que con unos cuantos cuentos (fábulas o distorsionados) se creyó que esta historia se iba a construir con un tipo de violencia, que además les queda grande, porque es irresponsable e inútil; hablo de los movimienticos, que ruptura tras ruptura de los “colectivos organizados” se han convertido en el plus de la corrupción en manos del Estado (que financia y crea dependencia) de lo que llamamos juventud chavista, estas instancias de poder que juegan a la guerra, involucra en su haber a los chamos del barrio, que entre la espada y la pared, o se vuelven malandros o se vuelven “revolucionarios”, lo último les da la posibilidad de actuar como lo primero bajo una moral superior a ellos que justifica sus actos. Entonces así, matar a coñazos a un chamo “sospechoso” del barrio no es un crimen de intolerancia sino un acto de justicia revolucionaria, eso sí merece aplausos, en su imaginario retorcido ellos están cumpliendo el legado de Chávez.
No es raro, ni de extrañarse, que la juventud (aquí hablo en términos amplios) rechace las practicas, las de la gerencia juvenil burocrática, y la de la moto y la bicha (y la jevita claro) como instrumento de poder contra su propia clase. Todavía se preguntan por qué la derecha nos gana en mayoría (en términos electorales, no pasa de ahí) en el sector de la juventud? Aquellos les garantizan sentirse parte de algo, que es absolutamente falso vale decir, pero que los incluye en un terreno donde no se necesita pensar mucho, sólo parecer. Qué ofrece el oficialismo? Mejor aún que ofrece la militancia de la izquierda más allá del chavismo, a la juventud? Hay que someter a juicio las formas en que la militancia de izquierda (adulta) asume la creación de contenidos, los métodos y las distancias con una generación que anda buscándose y reconociéndose en el ejercicio de un concepto libertario que no es igual al de hace unos treinta años. La vaina no es convencer, ese es el gran error, la vaina es enamorar; no como quien tiene la razón sobre el que no la tiene; sino del que quiere al otro y por eso extiende su mano o su pecho a ver qué pasa. Porque el otro (la generación de relevo) le importa, más allá del sabido esfuerzo que implicó luchar en las épocas de la desaparición forzada y la cárcel, más allá de esa necesidad de respeto y reconocimiento. Por eso la estética es importante también, por eso de lo que hablamos (el discurso del enamoramiento) debe ser tan hermoso y tan sincero como el sentimiento que nos motiva. Imagine que le entreguen todo el tiempo a uno el cliché del oso de peluche para hacer el amor. Esperamos un erotismo más cercano al cuerpo, menos asfixiante.
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La pregunta que nos hacemos ahora es, ¿y entonces qué se hace?, ¿dónde ubicamos la fuerza de un tropel de gente, que anda medio dispersa comenzando procesos que incluyen conceptos considerados superfluos por el chavismo inaugural?; conceptos que asumen la vida en comunión, la recuperación de la relación del ser humano y la tierra, de la producción de alimentos sanos, de la reivindicación del trabajo solidario y voluntario como opción política. Donde la enseñanza es consonante con lo espiritual y lo ético, en el amor como fuerza indetenible de cada acto con el o la otra, de la colectividad como única alternativa de la resolución de problemáticas “comunes”.  Luchas tan vitales y primigenias como la semilla, la tierra, el agua, el aire, el nacimiento, la crianza, la sexualidad, la amistad; marcan el debate que se ha hecho público desde grupos que se organizan en los límites del Estado (donde participan en su mayoría jóvenes), con posturas más o menos radicales, pero juntos forjan una alternativa, una búsqueda mucho más sincera en lo cotidiano, una opción que sí se apunta en la transformación de la estructura social dominante (poco conveniente para el chavismo oficial?) Podríamos así colocar en el mismo frente (y en el respeto a la diversidad) a los Guardianes de Semilla, con los Antimantuanos, y a los Territorio Karibe, con las Mujeres por la Vida. Todos y todas en esa dimensión que se quita la soga del cuello. Que respira al fin un aire propio, ganado a pulsito.
No todo está perdido. Estos territorios, no necesariamente ubicados geográficamente, liberados, o en proceso de tal fin, vinculados en el marco de una única lucha de clases, donde somos aliados estratégicos, más allá de nuestras diferencias y nuestras trincheras. Lo importante, y que no podemos perder de vista, es el horizonte que nos vislumbra juntos, y el pasado que nos parió de un lado de la historia y no de otro; las críticas en medio de las coyunturas políticas de éste país son muchas y necesarias, el lugar dónde nos ubicamos en ellas no puede ser discutible, asumamos que nuestra fuerza nunca estará del lado de la derecha parasitaria, del lado de la burguesía nacional, con ellos no hay discurso empático, ni posibilidad de diálogo; los términos en que es posible el debate es entre los espacios de poder del pueblo, y los espacios vinculados y dependientes del gobierno nacional; en ese terreno luchamos con las manos y con la lengua –con el corazón-. A la derecha ni un ápice de complicidad ni silencio.
Ya la pregunta de cuánto tiempo falta para que esto se convierta en una lucha dentro del chavismo no es posible hacerla, sería ingenuo; ya esa lucha, ese choque, está instalado en las dinámicas de este proceso, el sectarismo, la persecución, y el asesinato en muchos casos (en los sectores de frontera sobre todo) está destapado y botando humo, hemos empezado a naturalizarlo, en la normalización de las palabras: disidente, contrarevolucionario, que se sueltan tan a la ligera en el discurso oficial de ciertos dirigentes. Quizá esa misma crisis interna, evidente y expuesta, queriendo ser callada por cualquier medio, sea un terreno fértil para la profundización del empeño; ya nos dimos muchas treguas, nos quedamos tranquilos hasta el asco. 

La revolución no debe hacernos mártires, tampoco asalariados quince y último; más parecido a lo que necesitamos es la sensación de haber dado todo lo posible, y en eso encontrar la hermosura; un nudo en el centro del cuerpo que te arroja, esa rabia útil, ese arrebato de voluntad, esa presión ardiente que da la complicidad con la historia.  
No basta entonces con los terrenos recuperados, los internos y los concretos, no basta con los foros y los debates, no basta con los discursos desde la rebeldía y los contenidos comunicacionales que se empiezan a quitar ciertas cargas pesadas de lo “correcto”, hará falta (lo sabemos) otras fuerzas. Que ningún manual nos diga cuáles. El tiempo de la inocencia se acabó hace rato. La comodidad era una fábula. La victoria era otra. Grita pues, qué estás esperando?